martes, 10 de marzo de 2015

Gotas de amor

Soy Alice Strauss, vengo a contaros algo que llevo años queriendo sacar a la luz…

Todo comenzó una noche de verano, en aquel acantilado en el que corría el cálido aire por los cuatro costados. Yo estaba sentada en la piedra formada al borde del precipicio, mirando como sus rizos se mecían al aire y le tapaban los ojos. El ondear de la camiseta acompañaba a sus rizos, parece que seguían una melodía y los movimientos iban acompasados.
Al contrario que su respiración, a pesar del ruido de las olas, podía escuchar cómo se le aceleraba por tenerme al lado. No podía dejar de mirarla, no podía apartar la vista de la mirada que compartíamos, en la que nos curábamos las heridas sin mentiras, sin huidas.
Era extraño, no nos hacía falta hablar para saber que era exactamente lo que la pasaba a la otra por la cabeza, sólo con mirarnos o sentir el roce de nuestras manos nos bastaba para sonreír.

Quise acercarme más a ella, romper esa conexión, esa canción del mar y susurrarla al oído que si me seguía mirando de esa forma, no podría evitar enamorarme, quererla, sentir… pero era demasiado cobarde para decírselo, no debía hacer eso. No era lo correcto.
Sin mover nada más que mi mano, entrelace mis dedos con los suyos. Tenía la mano helada, aunque era verano y debían de hacer no menos de 26 grados. Sentí la misma descarga que notaba cada vez, sabía lo que iba a encontrar. Me gustaba notar el frio contacto de sus dedos por mi piel. Como aquella vez que recorrieron mi espalda mientras no perdía de vista su sonrisa.

No sé qué hora es, pero por el color del cielo, creo que está a punto de terminar esta noche inolvidable. Sigue negro entero, con la luna en lo alto, para iluminar lo justo. Sus labios. Para dar ese mágico tono al iris de sus ojos, hacer que su mirada parezca más intensa aún. Para que las gotas de agua que aún resbalan por nuestros cuerpos brillen y parezcan diamantes.
Viéndola así, tan perfecta, aparte de pensar en ella, solo podía intentar parar el tiempo. En hacer de aquella noche una eternidad, en volver a bañarnos en el mar y abrazarnos mientras nos mecen las olas. En sentir sus labios junto a los míos, saboreándonos, mordiéndonos la sonrisa, arañándonos la espalda.



No quiero dejarla marchar, quiero llevarla a mi casa y prepararla la vida junto con un café, para seguir juntas este sueño estando despiertas. Quiero que nos enredemos en las sábanas, pero no porque nos ponemos a follar como si no hubiera mañana. Si no porque entremos en una batalla en ver quien abraza más fuerte a la otra, en quien la besa más, en quien consigue hacer más cosquillas o quien consigue la sonrisa más grande.
No la quiero para follármela y pasar a la siguiente. La quiero para preparar café o chocolate cada mañana y verla amanecer, para tener su olor en mi almohada cada noche, porque mi almohada sea su pecho. Quiero que sean sus brazos los que me arropen cada noche si tengo frío o calor, me da igual, quiero sentirla a ella. Quiero que la canción de mi despertador sean sus besos, que así seguro que no le cojo manía a la melodía que me quite del paraíso cada día.

Sin que se lo espere, me acerco a ella y la beso. La beso como si fuera la primera y última vez que lo fuera a hacer. La beso con todas mis ganas, para transmitirla todo lo que siento, para demostrarla todo lo que quiero. Me devuelve el beso y enreda su mano en mi pelo, atrayéndome hacia ella.

Cuando nos separamos, me coge de la mano. Nos levantamos, recogemos las cosas y metemos las latas de cerveza vacías que han sido nuestros únicos testigos en una bolsa para eliminar todas las pruebas. Vamos a mi casa, a nuestra casa...

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