Soy Alice
Strauss, vengo a contaros algo que llevo años queriendo sacar a la luz…
Todo comenzó
una noche de verano, en aquel acantilado en el que corría el cálido aire por
los cuatro costados. Yo estaba sentada en la piedra formada al borde del
precipicio, mirando como sus rizos se mecían al aire y le tapaban los ojos. El ondear
de la camiseta acompañaba a sus rizos, parece que seguían una melodía y los
movimientos iban acompasados.
Al contrario
que su respiración, a pesar del ruido de las olas, podía escuchar cómo se le
aceleraba por tenerme al lado. No podía dejar de mirarla, no podía apartar la
vista de la mirada que compartíamos, en la que nos curábamos las heridas sin
mentiras, sin huidas.
Era extraño,
no nos hacía falta hablar para saber que era exactamente lo que la pasaba a la
otra por la cabeza, sólo con mirarnos o sentir el roce de nuestras manos nos
bastaba para sonreír.
Quise acercarme
más a ella, romper esa conexión, esa canción del mar y susurrarla al oído que
si me seguía mirando de esa forma, no podría evitar enamorarme, quererla,
sentir… pero era demasiado cobarde para decírselo, no debía hacer eso. No era
lo correcto.
Sin mover
nada más que mi mano, entrelace mis dedos con los suyos. Tenía la mano helada,
aunque era verano y debían de hacer no menos de 26 grados. Sentí la misma
descarga que notaba cada vez, sabía lo que iba a encontrar. Me gustaba notar el
frio contacto de sus dedos por mi piel. Como aquella vez que recorrieron mi
espalda mientras no perdía de vista su sonrisa.
No sé qué
hora es, pero por el color del cielo, creo que está a punto de terminar esta
noche inolvidable. Sigue negro entero, con la luna en lo alto, para iluminar lo
justo. Sus labios. Para dar ese mágico tono al iris de sus ojos, hacer que su
mirada parezca más intensa aún. Para que las gotas de agua que aún resbalan por
nuestros cuerpos brillen y parezcan diamantes.
Viéndola así,
tan perfecta, aparte de pensar en ella, solo podía intentar parar el tiempo. En
hacer de aquella noche una eternidad, en volver a bañarnos en el mar y
abrazarnos mientras nos mecen las olas. En sentir sus labios junto a los míos, saboreándonos,
mordiéndonos la sonrisa, arañándonos la espalda.
No quiero dejarla
marchar, quiero llevarla a mi casa y prepararla la vida junto con un café, para
seguir juntas este sueño estando despiertas. Quiero que nos enredemos en las
sábanas, pero no porque nos ponemos a follar como si no hubiera mañana. Si no
porque entremos en una batalla en ver quien abraza más fuerte a la otra, en
quien la besa más, en quien consigue hacer más cosquillas o quien consigue la
sonrisa más grande.
No la quiero
para follármela y pasar a la siguiente. La quiero para preparar café o
chocolate cada mañana y verla amanecer, para tener su olor en mi almohada cada
noche, porque mi almohada sea su pecho. Quiero que sean sus brazos los que me
arropen cada noche si tengo frío o calor, me da igual, quiero sentirla a ella. Quiero
que la canción de mi despertador sean sus besos, que así seguro que no le cojo
manía a la melodía que me quite del paraíso cada día.
Sin que se
lo espere, me acerco a ella y la beso. La beso como si fuera la primera y última
vez que lo fuera a hacer. La beso con todas mis ganas, para transmitirla todo
lo que siento, para demostrarla todo lo que quiero. Me devuelve el beso y
enreda su mano en mi pelo, atrayéndome hacia ella.
Cuando nos
separamos, me coge de la mano. Nos levantamos, recogemos las cosas y metemos
las latas de cerveza vacías que han sido nuestros únicos testigos en una bolsa
para eliminar todas las pruebas. Vamos a mi casa, a nuestra casa...
. . .

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