sábado, 16 de noviembre de 2013

Jeromín 2010


Mi viaje onírico al inframundo

Una suave brisa se cuela por la ventana entreabierta de mi habitación. Entra desde allí, incitándome a levantarme, mientras recorre a su vez todos los resquicios del dormitorio.

Saboreando el momento, la sensación y rememorando todos aquellos recuerdos que me vienen de repente a la mente, respiro tranquila y despacio.

Lentamente me levanto dejando atrás la cama y, sin encender la luz, me dirijo hacia la ventana intentando no hacer mucho ruido, para no romper el momento, con miedo de que todo sea un sueño del que pueda despertar de un instante a otro.

Un par de pájaros y el tráfico que empieza a fluir por la calle indican que es casi de día. Es más, se puede atisbar el sol a lo lejos intentando salir a flote para traer un nuevo día al mundo, mientras la luna se resiste a abandonar la esperanza de que la noche depare alguna sorpresa más.

Todavía recuerdo la fiesta de anoche con mis antiguas amigas. Las anécdotas, recuerdos y añoranzas de mis compañeras se mezclaban con nuevas historias de su vida y trabajo. Viejas conocidas compartiendo una velada nostálgica con vino de por medio... eso último debió ser lo que desató antiguos sentimientos... Primero besos y abrazos, después, brindis y risas. Vida tras vida recordábamos cómo éramos antes y lo mucho que nos queda por aprender y descubrir. No hemos cambiado mucho, la verdad. Puede que tengamos más experiencia en la vida. Puede que seamos un poco más maduras. Aunque hay cosas que nunca cambian...

En estos momentos el bar de enfrente, en el cual nos reunimos ayer, está abriendo. El habitual barrendero, que día tras día viene al bar a desayunar su copa de coñac, conversa con el propietario mientras éste termina de levantar la verja metálica. Justo ahora pasan escolares que se dirijen a la escuela de verano del final de la calle, en la que todos estudiamos. Me lo sé de memoria, todos los días pasa lo mismo delante de mi ventana y todos los días estoy yo aquí para ver cómo se despierta la ciudad. Siempre igual de monótono. Al menos, hasta hoy...

Ayer, después de estar hablando un poco, nos fuimos a cenar a un restaurante nuevo. Estuvo bien, pero preferimos tomarnos el café y los chupitos en casa de Paula, una amiga que insistió en ir a su casa. Estuvimos jugando en sun casa hasta las dos de la madrugada.

28 de julio. Generalmente no me suelo acordar del día en el que vivo. Pero el día de hoy, bueno el de ayer realmente, no se me olvidará con facilidad. Son las ocho y media del día 28 de julio de 2008. Lo sé porque acaba de sonar el timbre de aviso de comienzo de las clases veraniegas del colegio. Sólo son las ocho y media, y yo aquí. Me quedaré un poco más, medio sentada junto a mi ventana. !Cómo esta noche he dormido tanto...!

En casa de Paula, después de jugar al tute y ver una película, llegó un momento soporífero, un silencio bastante incómodo. Un par de personas decidieron irse a su casa, el resto nos quedamos unos minutos más. Ayudamos a recoger un poco la casa, nos dió las chaquetas que habíamos dejado en el ropero y tras darla las gracias nos despedimos...

La vecina de enfrente y yo nos llevamos mjuy bien. solemos salir juntas de paseo y cuidar de la casa de la otra cuando ésta está de vacaciones. Ella trabaja en un videoclub al que me gustaba ir desde hace unos años. Solía acercarme a ver qué películas nuevas tenían y además me gustaba quedarme a solas mirando las novedades, intentando descubrir el argumento del filme leyendo su título. La última vez que pasé por allí fué anoche.

El otro día la chica me presentó su nuevo novio y aprovechó para decirme que a ver cuándo encuentro yo pareja. Tienen razón. Desde que rompí con la última chica nada ha vuelto a ser igual. Cuando empezamos ella y yo, decíamos irónicamente que habíamos comenzado un viaje hacia el infierno, un viaje lleno de pecados y lujuria. De eso hace ya mucho tiempo...

Camino de casa me paré en el videoclub a ver su escaparate. Como no había nadie por la calle y nadie me esperaba en casa, decidí quedarme un rato mirando las carátulas de los dvds... Bueno, la verdad sea dicha, esta vez, más que las carátulas, estaba mirando mi reflejo en el cristal. Los años no pasan en vano para nadie, y menos para mí. De repente, no sé por qué empecé a reirme de cómo ha hecho mella en mí el tiempo y de cómo me había quedado allí mirándome... Es lo mejor que puede hacer una persona, reírse de si misma y sus desgracias. Cuando ya por fin la risa estuvo bajo control me dí cuenta de que en el cristal había alguien más reflejado...

Allí, en medio de la calle, estaba ella, sonriendo mientras se acercaba. Me quedé de piedra por el susto y porque no sabía qué se la podía haber perdido por allí a esas horas. Cuando llegó donde yo estaba se puso a mirar el escaparate. Estuve observándola unos instantes pensando cómo alguien se puede quedar tan hipnotizado por los estrenos. Como si me hubiera leído el pensamiento se giró hacia mí y me espetó que sabía que me encontraría allí, en el viejo videoclub, riéndome tontamente como cuando ambas éramos jóvenes. Me quedé atónita, sin saber qué hacer ni decir. Lo único que se me ocurrió fué ponerme a ver de nuevo los estrenos. Acto seguido se empezó a reír de una forma exagerada.

Cuando se calmó un poco sacó de su cazadora mi móvil a la vez que decía riéndose todavía que era muy bonito y moderno... y que no era bueno que lo fuera dejando en casa de los amigos, porque cualquier día podían confundirlo y devolverlo al museo de los años ochenta al que pertenece.

La rabia no me dejaba actuar, así que me resigné a quitarla el móvil de la mano y la invité, bueno, se invitó a mi casa a tomar algo. "La última en tu casa, ¿no?"

Y así fué. Estuvimos en mi casa Paula y yo tomándonos la última de la noche, hablando de aquellos días, de aquellas salidas de fin de semana a la playa. Cuando rápidamente se acercó y, sin darme tiempo a reaccionar, me dio a probar el sabor de su bebida favorita (Eristoff Black con Sprite) mezclado con tabaco. Sabor que me costó mucho tiempo borrar de mi memoria y que me marcó apra siempre...

Y ahora aquí, desde mi habitación, rememorando aquel beso, me voy, con gran cansancio, hacia la cama otra vez. Me meto y me quito las gafas. Y pienso en la suerte que tengo. Entonces la miro, dormida, boca abajo, medio desnuda en mi cama, tapada únicamente por las sábanas de seda que se mueven al compás del viento, parece un ángel.

Mi mano se desliza desde su nuca hacia la espalda. Deslizándose y también cambiando de sentido. Su piel, siempre tan suave, refleja el brillo de la luna y casi del sol. Pero es en su pelo donde descubro, con el tacto, una suavidad aún mayor. Sus cabellos entre mis manos, agitados por la brisa, se mueven provocando un cosquilleo que no puedo expresar con palabras. En ese momento, aún dormida, se da la vuelta y veo su rostro. Unos ojos coronados por unas finas cejas me miran con los párpados cerrados, con una expresión indefinida. La boca abierta deja ver su dentadura blanca como la nieve. Y es por ahí, por la boca, donde el aliento se confunde con el viento de verano. Sale desde sus pulmones y termina mezclándose con el ambiente tras rozar sus labios carnosos... Tanto ella como yo sabíamos que estaba despierta. Pero ni yo dije nada, ni ella abrió los ojos. Simplemente me quede mirando cómo "dormia" en mi habitación, en mi cama, a mi lado. Lentamente se llevó una mano al pecho. Los dedos cortos y delgados, indicaban desde fuera la elegancia de la que hacía gala en las reuniones. Esas manos tienen vida propia. Son perfectos y siempre saben cuándo y dónde palpar, sentir... Me doy cuenta de que suavemente esa mano empieza a subir por mi brazo, que en estos momentos estaba cerca de su cuello, del que no sé qué virtudes de las que he dicho antes no podría presumir. Abre los ojos y nos quedamos mirándonos fijamente la una a la otra, como dos estatuas condenadas a estar mirándose separadas sin poder hacer nada más que eso, mirarse, únicamente mirarse entre ellas, sin llegar a tocarse. Entonces me sonríe y yo la devuelvo la sonrisa pensando que esta vez no va a ser ella quien me pille por sorpresa. La devolveré el golpe de forma tal, que se le quedará grabado en la memoria. Esta vez seré yo quien la robará el aliento con un único beso...

Ya son las diez de la mañana y estoy de nuevo aquí, en mi ventana. Ella está a mi lado, quieta y tranquila. Ambas estamos mirando la calle, sin decir nada. De pronto suena el móvil a lo lejos. Un sonido débil ya que todavía lo tengo en mi cazadora, donde lo llevo siempre. Entonces me doy cuenta y la miro. Para variar ella sabe lo que la voy a preguntar y ruborizada me dice que yo siempre decía que una persona no se tiene que arrepentir de lo que ha hecho sino de lo que ha dejado por hacer. Y ella no quería arrepentirse de nada. Y añadió que me cogió el móvil de la cazadora cuando la sacó del ropero de su casa. Según me lo estaba contando tímidamente, parecía como dije antes, un ángel. Aunque en realidad sé que es un demonio que pensé que no volvería a ver, de la que pensé que no volvería a escuchar su respiración, al menos no tan cerca como ahora. Y que anoche, según dijo, esta vez el viaje hacia el infierno, el viaje lleno de pecados y lujuria, sería para el resto de nuestras vidas.

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