En la antigüedad teníamos más metros cuadrados que cosas.
Ahora, en cambio, tenemos más cosas que metros cuadrados. Hace años, podías
recorrer un pasillo de 15 metros sin tropezar con un solo mueble. Ahora no
puedes dar dos pasos sin estrellarte contra una bicicleta estática, una vajilla
de Chillida o la armadura de una tienda de campaña. Mucha gente cambiaría los
objetos por metros cuadrados; el problema es que la mayoría de esos trastos
sólo tienen un valor romántico, que no cotiza ni en los mercadillos de pueblo.
Ya me dirán para qué sirve la maleta de madera con la que papá se fue a
Alemania, el televisor en blanco y negro que conservamos absurdamente debajo de
una cama o la impresora portátil que compramos hace 15 años por si acaso (¿por
si acaso qué?).
Lo bueno, ahora lo comprendemos, eran los metros cuadrados.
No hay cosa mejor que cien o doscientos metros cuadrados, todos juntos, sin más
objetos que la foto del abuelo en la pared del pasillo y una alacena en el
comedor. Construir viviendas pequeñas por sistema es como escribir frases
cortas por obligación. La frase corta funciona bien como desván, como cuarto
trastero, como altillo en el que introducir una o dos ideas pequeñas (las que
caben en una columna, por ejemplo). Pero para vivir, para respirar, para estar
a gusto, nada como un piso de seis o siete habitaciones, cuatro exteriores y
tres interiores, además de la cocina, el baño y los aseos. Ahora, dada la
escasez de metros cuadrados y la abundancia de cosas, ha aparecido un negocio
nuevo, el de los trasteros que guardan toda esa basura doméstica. Hemos vendido
el alma (o los metros cuadrados) a cambio de cosas que brillaban, de espejuelos
con los que no sabemos qué hacer. Deberíamos regresar a la frase larga, a la
oración compuesta, al pasillo de 15 metros de largo. A la conciencia.
La conciencia. Juan José Millás
