Son las seis. Aún es pronto, pero sería el tercer día seguido en que Halle renuncia a su carrera matutina. Desde que la han nombrado responsable de la revista, nunca le parece que el día tenga suficientes horas. Así que se levanta y, aún adormilada, se pone los pantalones cortos. Echa una mirada por la ventana de su lujoso apartamento en el trigésimo cuarto piso de uno de los rascacielos más bonitos de la Ciudad, totalmente cubierto de ventanales de espejo, con vistas al Parque Norte. Una densa niebla lo envuelve todo a sus pies. Por encima, el cielo aún está oscuro.
Coge un par de guantes, unos auriculares y el reproductor Mp3, se calza las zapatillas deportivas y sale.
La entrada del parque está a una manzana del edificio. Halle corre a ritmo sostenido: debe recuperar la forma física. A su alrededor solo hay un muro de niebla por el que asoma algún árbol esquelético. A cada paso recuerda los paisajes exóticos de su último viaje con él. Después, a su regreso, la ruptura, la soledad, el silencio y por fin su ascenso, el éxito que le ha salvado la vida. Halle corre y piensa en el pasado y en el presente. Del futuro ya no se preocupa. Nunca más. Mira recto hacia delante, concentra toda su energía en el esfuerzo físico. Escucha una de sus canciones preferidas y aumenta el ritmo de la zancada. Se siente fuerte y ganadora. Dentro de poco tendría que aparecer el lago artificial que ocupa el centro del parque. Las luces de las farolas reflejan extrañas figuras que se alargan en la niebla húmeda y penetrante; formas vagamente inquietantes que parecen querer atraparla. Entre una zancada y otra, siente en la espalda sudada un escalofrío que se le queda pegado al cuerpo como una serpiente helada.
Después, de pronto, se encuentra en el suelo. No puede respirar. Parece que el corazón le va a estallar en el pecho. Y tiene una rodilla pelada. Más que otra cosa, está asustada. Se gira hacia atrás para ver qué es lo que puede haberla hecho tropezar. Vé una gran raíz justo en medio del camino que está siguiendo. Debe de habérsele caído a uno de los jardineros que cuidan el parque. Y ella, totalmente absorta en sus pensamientos, ni la ha visto. Sonríe, mofándose de sus miedos, y se pone en pie. Siente un dolor sordo y palpitante en la rodilla. La rozadura está punteada de minúsculas gotitas rojas. Nada grave, pero tendrá que volver a casa para curársela. Siente la niebla húmeda sobre la piel. La música le penetra cada vez más en los oídos. El aliento le sale de la boca como el vapor ácido de una chimenea. Halle se pone en pie, intentando cargar el peso sobre la rodilla. No es grave. Puede seguir. Pero en ese momento una mano enfundada en un guante aparece de entre la niebla, tras ella. Aferra el fino cuello de Halle. Y el aliento deja de salir de su boca.


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