Cuando no hay nada más,
cuando todo es tranquilidad,
cuando la ciudad está desierta,
cuando no esperas a nadie más.
No esperas nada de nadie, no quieres escuchar nada más que tu voz,
desgarrada de tanto gritar después de tanta soledad. Harta de luchar por
imposibles, por promesas olvidadas, por palabras que se van con el viento, con
el último aliento.
Pensando en voz alta todo lo que te tortura en lo más hondo, dejando de
lado lo que quieren los demás, lo que opinan, importando sólo tú y lo que
quieres hacer, siendo sólo tú, siendo como eres, como quieres ser.
Una carretera desierta a la una de la madrugada, sin el puto tráfico que no
hace más que molestar, sólo tú y la soledad.
Contando tus metas perdidas y olvidadas, pensando que quieres recuperar y que
quieres dejar atrás porque no merece la pena.
Tienes pendiente volver a dejar atrás a toda esa gente que no se merece un
hueco en tu mundo, tienes que volver a sentir esa magia con cada mirada, volver
a tus principios, dejar de lado el miedo y luchar por lo que crees. Conseguir
todo por lo que un día soñabas despierta, hacer cada una de las cosas que te
sacan una sonrisa, y no sólo en la boca, también en la mirada.
Quieres mirar al cielo y saber que estás haciendo lo correcto. Mirar hasta
que te duelan los ojos de no parpadear, parpadear cuando veas que todo va bien.
Pero hacerlo rápido, para no perderte nada, para seguir viviendo la vida, tu
vida.
Vivir tu vida es más importante que todo lo demás, a fin de cuentas… sólo
tienes una.
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