Puedes
enamorarte de su mirada. De sus ojos. De su voz. Puedes enamorarte de
como mira, de como habla. Puedes enamorarte de sus manos cuando acarician,
cuando escriben, de como se enrollan buscando valor para tocarte.
Puedes enamorarte
de como piensa. De lo que piensa. Incluso de cuando solo calla y mira al
horizonte sin pensar.
Puedes enamorarte
de su forma de caminar. De como se sienta frente a ti. De su forma de dormir. De
su saber estar.
Puedes enamorarte
de su risa. De como juega con su pelo. Puedes enamorarte de sus defectos. De como
se enfada, como llora, de como sonríe.
Puedes
enamorarte de sus besos. De como canta. O como calla.
Puedes enamorarte
de lo que hace, de sus gustos, incluso de sus disgustos.
Puedes enamorarte
de su manera de entristecerse cuando tú no estás.
Puedes enamorarte de sus lunares, de como le quedan las gafas. Puedes
enamorarte de sus bromas. De sus suspiros cuando nadie la mira. De su patosa
manera de mostrarte su amor. Puedes enamorarte de cuando se estira para colgar
la ropa en la percha. De como posa el cigarrillo en sus labios o de como lo lía.
Puedes enamorarte de sus curvas, de como se excita y te excita. Puedes
enamorarte de sus labios, de la forma en que se los muerde mientras te mira o
incluso de su cara cuando os imagina.
Puedes enamorarte de todas esas cosas. De todo lo que es y
representa. De su cuerpo, de su alma. Puedes enamorarte por completo de ella.
Pero de lo que seguro tienes que enamorarte, es de sus sueños. Aunque
no los compartas. Porque si no te enamoras de sus sueños y no la animas a volar
hacia ellos, le estarás cortando las alas. Y eso es lo peor que puedes hacer.

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